Había una vez, a principios del siglo XX, un estado europeo llamado Alemania que perdió la Primera Guerra Mundial, lo que sometió a su pueblo en un clima de miseria y podredumbre, y mientras que el pueblo se moría de hambre algunos privilegiados, especialmente banqueros y comerciantes, conseguían prosperar. Quiso el azar que un número importante de estos hombres de negocio eran de etnia judía. Así, en este contexto, empieza nuestra historia, una historia sobre el racismo y la intolerancia que lideran las políticas de algunos gobiernos, una historia que, lejos de terminar, llega hasta el día de hoy con una certeza terrible.
Todo empezó con un artista frustrado llamado Adolf Hitler, que, según cuentan, llegó a odiar a la etnia judía con toda su furia debido a que él mismo era medio-judío. El joven Adolf había luchado en la Primera Guerra Mundial, siendo víctima de un ataque de gas venenoso y quedando temporalmente ciego. Un psiquiatra le visitó, alegando en su informe (hoy ya conocido) que era un hombre “histérico”, “incompetente para comandar gente” y “peligrosamente psicótico”. Así, Adolf Hitler se retiró de la vida militar y entró en la vida política, siendo uno de sus primeros empleos el de oficial educador en el “pensamiento nacional”, encargándose de erradicar de la sociedad ideas “peligrosas” como la democracia, el socialismo y el pacifismo. Hitler ingresó en el Partido Obrero Alemán (DAP), que era de ideología nacionalista y no socialista, y allí cobró importancia como figura a seguir, introduciendo poco a poco una nueva ideología personal y radical. Y así, en 1920, nació el régimen de terror impuesto por el nazismo y sus tácticas, y el DAP cambió su nombre a Partido Nacionalsocialista, o Partido Nazi. Hitler ganó fama como orador político y alcanzó el liderazgo del Partido Nazi, y, aunque fue a parar una temporada a la cárcel, cuando salió, recién escrita su obra “Mein Kampf”, lo acogieron como a un héroe.
Así, Hitler comenzó a hablar de “espacio vital alemán” y “raza aria”, lo que llamó la atención de un pueblo alemán humillado y muerto de hambre. Los ataques de Hitler contra el pueblo judío comenzaron siendo leves, sólo en sus discursos. Finalmente, Hitler obtiene el poder político de la democracia alemana, y no tarda en imponer un régimen dictatorial. Las políticas de Hitler contra judíos, gitanos y otras “razas menores” empezaron como deportaciones, pérdidas leves de libertad, políticas que no les beneficiaban, y terminaron directamente en la opresión y humillación de miles de personas, acabando en su aislamiento en campos de internamiento y trabajo y su posterior ejecución masiva.
Estas ideas políticas sobre la pureza de la raza se promovieron por toda Europa, especialmente por Italia, gobernada por el fascista Benito Mussolini, y por Francia, entre 1940 y 1944 en pleno Régimen de Vichy, es decir, el gobierno fascista de la ocupación. Estas políticas comenzaban con la reafirmación de la identidad nacional y la exaltación del patriotismo y del nacionalismo, y terminaban con duras ofensivas contra todo aquello no patrio con lo que se conviva. Especialmente, en la Francia de Vichy se hicieron especialmente duras y famosas las medidas adoptadas contra el pueblo gitano, siendo muchísimos gitanos internados en campos de concentración y obligados a realizar trabajos forzados. También les sometían a torturas, vejaciones y muchos acababan ejecutados. Aunque, por supuesto, esto fue el final, todo comenzó más leve, con políticas más suaves.
Finalmente, Alemania cayó, y con ella Italia y la Francia de Vichy, siendo supuestamente derrocado el fascismo y el nacionalismo ultra que generaban el racismo y la xenofobia política. Sin embargo, el fascismo no había muerto ni mucho menos, y aún quedaron vestigios en grupos más o menos amplios de personas, y en gobiernos europeos como el Régimen Franquista, que se encargaron de mantener vivo el sentimiento racista y el mensaje de odio del fascismo. Por otro lado, en Francia, la ideología fascista, o ultra nacionalista, se expandió en algunos sectores de la sociedad, aunque más Light y adaptada a los nuevos tiempos. Algunos de esos fascistas franceses tuvieron hijos, y esos hijos otros hijos, y así hasta llegar al actual gobierno de Nicolas Sarkozy. Es muy curioso que las políticas xenófobas de inmigración y deportaciones hayan vuelto al plano europeo primero en Italia, ahora en Francia y ahora también parece querer Alemania. Precisamente los tres estados que fueron la cumbre del fascismo y de la xenofobia política.
Temo mucho, muchísimo, que la historia se repita, que estas políticas tan racistas de identidad nacional, inmigración y deportaciones escondan algo más detrás, como ya ocurrió hace no tantos años. Sin embargo, todo indica a que sí hay algo más, unas características comunes: el odio y el rechazo hacia lo extraño, el refuerzo de la identidad nacional, la crisis económica, unos pocos políticos dispuestos a sacarle partido al discurso nacionalista más clásico, amparándose en tiempos de crisis para llevarse a la población a su lado del mapa. Y más. Obviamente, son muchas las coincidencias. Pero, ¿serán sólo eso, coincidencias?
Todo empezó con un artista frustrado llamado Adolf Hitler, que, según cuentan, llegó a odiar a la etnia judía con toda su furia debido a que él mismo era medio-judío. El joven Adolf había luchado en la Primera Guerra Mundial, siendo víctima de un ataque de gas venenoso y quedando temporalmente ciego. Un psiquiatra le visitó, alegando en su informe (hoy ya conocido) que era un hombre “histérico”, “incompetente para comandar gente” y “peligrosamente psicótico”. Así, Adolf Hitler se retiró de la vida militar y entró en la vida política, siendo uno de sus primeros empleos el de oficial educador en el “pensamiento nacional”, encargándose de erradicar de la sociedad ideas “peligrosas” como la democracia, el socialismo y el pacifismo. Hitler ingresó en el Partido Obrero Alemán (DAP), que era de ideología nacionalista y no socialista, y allí cobró importancia como figura a seguir, introduciendo poco a poco una nueva ideología personal y radical. Y así, en 1920, nació el régimen de terror impuesto por el nazismo y sus tácticas, y el DAP cambió su nombre a Partido Nacionalsocialista, o Partido Nazi. Hitler ganó fama como orador político y alcanzó el liderazgo del Partido Nazi, y, aunque fue a parar una temporada a la cárcel, cuando salió, recién escrita su obra “Mein Kampf”, lo acogieron como a un héroe.
Así, Hitler comenzó a hablar de “espacio vital alemán” y “raza aria”, lo que llamó la atención de un pueblo alemán humillado y muerto de hambre. Los ataques de Hitler contra el pueblo judío comenzaron siendo leves, sólo en sus discursos. Finalmente, Hitler obtiene el poder político de la democracia alemana, y no tarda en imponer un régimen dictatorial. Las políticas de Hitler contra judíos, gitanos y otras “razas menores” empezaron como deportaciones, pérdidas leves de libertad, políticas que no les beneficiaban, y terminaron directamente en la opresión y humillación de miles de personas, acabando en su aislamiento en campos de internamiento y trabajo y su posterior ejecución masiva.
Estas ideas políticas sobre la pureza de la raza se promovieron por toda Europa, especialmente por Italia, gobernada por el fascista Benito Mussolini, y por Francia, entre 1940 y 1944 en pleno Régimen de Vichy, es decir, el gobierno fascista de la ocupación. Estas políticas comenzaban con la reafirmación de la identidad nacional y la exaltación del patriotismo y del nacionalismo, y terminaban con duras ofensivas contra todo aquello no patrio con lo que se conviva. Especialmente, en la Francia de Vichy se hicieron especialmente duras y famosas las medidas adoptadas contra el pueblo gitano, siendo muchísimos gitanos internados en campos de concentración y obligados a realizar trabajos forzados. También les sometían a torturas, vejaciones y muchos acababan ejecutados. Aunque, por supuesto, esto fue el final, todo comenzó más leve, con políticas más suaves.
Finalmente, Alemania cayó, y con ella Italia y la Francia de Vichy, siendo supuestamente derrocado el fascismo y el nacionalismo ultra que generaban el racismo y la xenofobia política. Sin embargo, el fascismo no había muerto ni mucho menos, y aún quedaron vestigios en grupos más o menos amplios de personas, y en gobiernos europeos como el Régimen Franquista, que se encargaron de mantener vivo el sentimiento racista y el mensaje de odio del fascismo. Por otro lado, en Francia, la ideología fascista, o ultra nacionalista, se expandió en algunos sectores de la sociedad, aunque más Light y adaptada a los nuevos tiempos. Algunos de esos fascistas franceses tuvieron hijos, y esos hijos otros hijos, y así hasta llegar al actual gobierno de Nicolas Sarkozy. Es muy curioso que las políticas xenófobas de inmigración y deportaciones hayan vuelto al plano europeo primero en Italia, ahora en Francia y ahora también parece querer Alemania. Precisamente los tres estados que fueron la cumbre del fascismo y de la xenofobia política.
Temo mucho, muchísimo, que la historia se repita, que estas políticas tan racistas de identidad nacional, inmigración y deportaciones escondan algo más detrás, como ya ocurrió hace no tantos años. Sin embargo, todo indica a que sí hay algo más, unas características comunes: el odio y el rechazo hacia lo extraño, el refuerzo de la identidad nacional, la crisis económica, unos pocos políticos dispuestos a sacarle partido al discurso nacionalista más clásico, amparándose en tiempos de crisis para llevarse a la población a su lado del mapa. Y más. Obviamente, son muchas las coincidencias. Pero, ¿serán sólo eso, coincidencias?

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