miércoles, 22 de septiembre de 2010

MI GENERACIÓN


A veces pienso en mi generación. No me refiero a los nacidos en el 90, sino a aquellos jóvenes de entre 17 y 24 años que, como yo, han crecido y se han criado en un barrio humilde, en familias trabajadoras y currantes, en colegios e institutos públicos, viviendo un día a día tedioso y marcado por la escasez.

A veces pienso en mi generación. Somos hijos del odio, casados con el rencor y condenados a la amargura. Miramos a nuestro alrededor y lo que contemplamos nos revuelve las tripas, por eso intentamos no pensar en ello. E intentamos no pensar en que personas de nuestra misma edad, pero de otra generación, viven ajenas a esta realidad, y se niegan a conocerla y aceptarla. No lo necesitan.

A veces pienso en mi generación. En cómo a los padres de algunos amigos les van despidiendo de sus trabajos, arruinando económicamente sus familias, obligando a sus hijos a dejar los estudios, a desilusionarse por la vida, a rendirse. Me pregunto, ¿podría tocarme mañana a mí? Conozco a un hombre, al que llamaré Fermín por no decir su verdadero nombre, al que, tras más de 30 años trabajando como obrero de la construcción, tiene el cuerpo tan hecho polvo que le obligan a jubilarse anticipadamente, obligándole a cobrar una pensión marginal, que apenas le da para alimentar a su mujer y a sus hijos. Qué digamos darles una vida decente, con un mínimo de lujos.

A veces pienso en mi generación. En aquellos que, al igual que yo, les irrita que les pregunten “¿y el carné del coche para cuando?”, cuando no tienen ni para sacarse el carné de Sevici. Conozco a un chaval, al que llamaré Eduardo por no decir su verdadero nombre, cuya familia no tiene un duro, y se ha visto obligado a mudarse a un barrio marginal, porque Pino Montano se le hacía demasiado caro. El otro día me enteré de que le atracaron con una pistola. Podrían haberle matado.

A veces pienso en mi generación. Soy el hijo de un trabajador puteado que ha dedicado parte de su vida a intentar ayudar a otros trabajadores puteados, así que yo estoy condenado a pensar en mi generación. Es parte de mi responsabilidad como hijo. Conozco a una mujer que se mató después de que le recortasen las ayudas. Conozco a un chico, menor que yo, que ha dejado los estudios porque tenía que cuidar de su padre enfermo, ya que las ayudas del estado son insuficientes para contratar a nadie para que le cuide. Conozco a muchos jóvenes de mi edad, demasiados, que han dejado los estudios, y muchos por motivos económicos. Conozco a chavales de mi edad que se han visto obligados a meterse en el ejército porque en su familia necesitaban dinero. A lo mejor creemos que podemos hablar de economía sin conocer esta realidad, pero nadie debería hacerlo.

A veces pienso en mi generación. Personas que han decidido dejar de mirar alrededor porque están hartas de tanta mierda, y han decidido dejar de fijarse en estas cosas, pero no deberían. Desde luego, las personas que no viven esta realidad no la conocen, son ajenas a ella, y muchas no podrían concebir que esto pase en el patio de atrás de su casa. Mi generación es la que debe abrir los ojos, y enseñarles a estas personas lo que está pasando, y debemos darnos cuenta, y tomar medidas.

A veces pienso en mi generación. En cuantos chavales jóvenes, o niños pequeños, habrán tenido que dejar sus casas porque no pueden pagar la hipoteca. Cuantos habrán visto cómo personas extrañas traen comida a casa porque sus padres no pueden mantenerles. Cuantos se vestirán con ropa de propaganda, sucia, vieja, que les queda pequeña, porque sus padres no pueden permitirse comprarles algo de ropa. Ahora no, porque no tienen trabajo. Les han despedido de sus puestos de trabajo porque las empresas se han visto obligadas a hacer recortes. Y esto es lo que estos recortes generan.

Somos el subproducto de la sociedad, los olvidados, los desheredados. Mi generación ha crecido en estas familias. Conducen los coches que otros disfrutan, sirven sus cervezas, limpian sus casas, lavan sus coches, limpian sus calles. Sobre ellos se levanta el sistema, son los cimientos del sistema, y no se han dado cuenta.

A veces pienso en mi generación, y veo un mundo que se intenta ignorar. Un mundo que a algunos les conviene que no se sepa. Un mundo que incluso desconocen muchos de mi generación, porque han olvidado mirar a su alrededor. Debemos volver a aprender a observar.

A veces pienso en mi generación. Somos los hijos del odio, casados con el rencor y condenados a la amargura.

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